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—Una, dos, tres luces.
Es lo que ella me decía, lo que tantas noches me dijo mientras estábamos sentados, después de cenar, en la terraza con vistas hacia el sureste de la bahía, hacia el arco largo y de suave ángulo que dibuja la playa desde Can Pastilla a El Arenal. Tres luces, me decía las noches de verano, y yo las buscaba en la línea de costa y acababa perdido, con la mirada vagando entre las farolas del paseo marítimo, mientras jugaba a unirlas mentalmente y dibujar constelaciones imposibles, preguntándome cuáles serían, dónde estarían esas tres luces originales.
Un hombre sin paisaje, Juan Pablo Caja
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