Amigas, amigos:
Llegamos al comienzo del verano y nos reencontramos con las páginas que nos han acompañado a lo largo de estos primeros meses de 2025.
Antes del verano, han visto la luz:

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Es posible saltar de una piedra en otra. Es decir, hay que correr muy rápido y tocar cada piedra un segundo solamente. No pisar la arena o las algas, solo las piedras, cada vez más rápido. Al final, eres un viento, eres el viento y te silba en los oídos y todo está borrado y desaparecido, solo queda el viento y saltar y saltar y saltar.
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Tenía que alejarme de aquella gente antes de que empezara a parecerme a ellos. Necesitaba un bosque a tiempo completo, en la ladera de las montañas, a las que las fronteras les importan un bledo, donde todo el mundo está al mismo nivel frente a los elementos, al frío, la lluvia, el viento. El bosque es un mentor de humildad, eso puedo garantizarlo.
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Podría pasar años explorando las pocas callejuelas del monte Saint-Michel y aun así no lograría aprehender el misterio de la primera piedra. Quizá en eso resida la solución: hallar la primera piedra, hacerla pedazos para poder mirar dentro, hasta el principio de los tiempos.
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Y las reimpresiones:

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Cada día caen oscuras noches sin sentir. Algunas tardes de agosto, cuando hay que salir a hacer algo fuera, todo queda de pronto en la más absoluta oscuridad, un gran silencio negro envuelve la casa. Sigue siendo verano, pero el verano ha dejado de estar vivo, se ha detenido sin amustiarse, y el otoño todavía no está listo para hacer acto de presencia.
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Y a la vuelta, en septiembre, nos espera:

¡Además, esperamos con impaciencia la visita, en otoño, de Esther Cross, Nona Fernández, Matías Serra Bradford y otros autores cuyos nombres pronto desvelaremos!
Y si bien tenemos presentes los libros que han llegado a las librerías en estos primeros meses de 2025, no olvidamos los que hemos publicado a lo largo de estos veinticinco años, aquellos que evocan veranos de todo tipo, lugares y épocas. Y, así, recordamos a Giacomo, el protagonista concebido por Alberto Vigevani, que durante un verano de los años treinta, en el lago Como, entra en la edad adulta por una puerta inesperada, la belleza. O rememoramos las vacaciones de la pareja protagonista de Frente el mar, en un pueblo de la Costa Azul, donde nos convertimos en testigos de cómo las pequeñas y aleatorias decisiones que se toman en la vida pueden conducir a situaciones dramáticas. O la melancólica e irónica, atemporal, novela de Madame Nielsen, en que se transforma la vida cotidiana en un «verano infinito», esos largos días que viven en los recuerdos y que, una vez pasados, no permiten que nada tenga el mismo brillo que ellos. Y así, tantos y tantos relatos que expanden nuestra percepción y experiencia del verano.
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Grita corriendo tras ellos hacia la libertad, la libertad real y suprema, esa que está más allá de cualquier orden, fuera del mundo, en lo imposible, el «verano infinito», donde el tiempo no existe.
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Una brisa suave y relajante comenzó a soplar a ras de suelo. En lo que dura un instante uno se siente fuera de cualquier sitio concreto que el alma conozca y se detiene, conectado a algo indefinible que está al mismo tiempo en su interior y fuera de sí. Permanecieron un buen rato en silencio, respirando a pleno pulmón la frescura nocturna.
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«Pero, ¿cómo una música puede salvar a alguien durante una tormenta?»; la tía Weronika vació su copa y dijo: «La música, querido mío, representa en este caso la imaginación. La poesía también valdría. También las estrellas, y las puestas y salidas del sol que se suceden una detrás de otra, lo queramos o no… Podrían ser los eternos ciclos de invierno y verano, la caída de las hojas de árboles en otoño y la germinación en primavera, da igual… Únicamente tenemos que imaginarnos que hay cosas duraderas e invariables, y cosas pasajeras. Independientemente de los vientos que soplen y las tempestades peligrosas que se desaten.»
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Apenas retenía de todo ello impresiones, imágenes bellas: los fuegos, las luces despertaban en su ánimo la ávida aspiración de formas serenas, a encantos sin peso, a un viento limpio que barriera la confusión del verano, las ambiciones insatisfechas, la languidez de los ojos negros de Emilia.
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