Cuaderno

Carta de invierno

Amigas, amigos:

Llegamos al comienzo de un nuevo año, en que celebraremos nuestro veintisiete aniversario (¡falta poco para los treinta!), y aunque estemos entusiasmadísimas con las publicaciones más recientes, celebramos que día tras día nos acompañe un fondo editorial vivo, siempre contemporáneo, que nos sigue interpelando independientemente de la época en que fue escrito. Así, esta semana hemos puesto en marcha dos nuevas reimpresiones, Siempre hemos vivido en el castillo y Tres llums, que siguen a las de ¿Por qué la guerra? Crónicas berlinesas.

Desde nuestra sede, en Barcelona, vemos como el invierno se va desplegando. Y nos acordamos de algunos pasajes de nuestros queridos libros. Del olor salvaje del saint-nectaire peludo, de los paseos de Raphaëlle y Coyote por los bosques del Haut-Pays de Kamouraska, de tés e infusiones «imaginando la nieve en el corazón» y de tantos otros que os invitamos a descubrir.

De regreso hacia «la isla de los niños, la montaña de los niños, el desierto de los niños», de la mano de una cita de Yasushi Inoué: «Practicar el té, tanto de día como de noche, durante el invierno o la primavera, imaginando la nieve en el corazón.»

Diario de un invierno en TokioMatías Serra Bradford

Con el olor salvaje del saint-nectaire peludo y las páginas arrugadas de La Montagne había entrado en la cocina de París un aire del allí lejano, del otro país, que atravesó el cuerpo de Suzanne. La emoción se apoderó de ella, mientras exclamaba, agradecía, aseguraba que aquello era demasiado, demasiado, nunca podrían acabarse toda aquella comida, aquel montón de alimentos transportados, el cerdo, los quesos y el bote de mermelada además, aunque fueran cinco durante tres días, ellos no eran ogros, en París se comía menos, y habían cargado con todo aquello desde Neussargues en la bolsa de lona azul que devolvió, vacía, al padre, aconsejándole que la guardara enseguida con sus cosas en la habitación de invitados, para no olvidarse de ella.

Los paísesMarie-Hélène Lafon

Se vio a sí mismo descender del tren en la Estación Central Norte, una helada mañana de invierno, sin dinero pero conservando a pesar de ello el espíritu. Se entretuvo unos instantes en la agitada calle Nordby, con el traqueteo de sus pesados carros, el chirriar de los ajetreados tranvías, la multitud… Se detuvo a contemplar todo aquello antes de dirigirse al centro de la ciudad. Se despertó en su fuero interno una oscura sensación de que todo aquel movimiento, por acción de un poder superior, se hallaba bajo su control. Luego, intrépido, salió a afrontar la ciudad desconocida.

En noviembre me ofrecieron una plaza de oficinista en la fábrica de Óbujov, no era un mal empleo, me liberaba del servicio militar. Me negué a ser oficinista. Ya por entonces —con veinte años de edad— me dije que prefería pasar hambre, ir a prisión o vagabundear que pasarme diez horas al día sentado a una mesa de oficina. No había mucho coraje en ese juramento, pero ni lo rompí ni lo iría a romper. La sabiduría de los ancianos vivía en mi cabeza; nosotros hemos nacido para disfrutar del trabajo, de las peleas y del amor, habíamos nacido para eso y para nada más.

Historia de mi palomar y otros relatosIsaak Bábel

Anouk se bebe los paisajes, se apropia a pleno pulmón del aire con olor a alerce, tiende el oído hacia los pájaros cerrando los ojos. Su comunión con el bosque es sensorial, sensual. Me gusta mirarla ser. Me gusta la idea que aguzará mis sentidos con su sola presencia. Igual que la rebelión de su diario es contagiosa, me insufla la paz acompañándome, de tan maravillada como está.

SalvajinasGabrielle Filteau-Chiba

La edad ridícula, de Maryam Madjidi

Maryam Madjidi nos introduce en La edad ridícula con esta cita de Marcel Proust. No queremos despedirnos sin antes compartir un pequeño avance de nuestra próxima publicación, que verá la luz el 11 de febrero.

¡Buenas lecturas y felices días!

 

El equipo de editorial minúscula